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viernes, 25 de julio de 2008

Juguemos con Caperucita
Antonio Rodríguez Almodóvar

De cuantas historias han ocupado la mente infantil desde tiempos inmemoriales, ésta de Caperucita es, sin duda, la más enigmática. Bajo esa apariencia tan simple del encuentro de una niña con un lobo en el bosque, se oculta un cúmulo tal de símbolos, que no hay manera de desenmarañar su sentido. Y siguen y siguen apareciendo ediciones, interpretaciones, manejos de todo tipo, como si la humanidad, perdida en el bosque de su propia existencia, tuviera necesidad de explicarse qué demonios hay debajo del color rojo de esa caperuza, o de la temeridad de una madre que manda a su propia hija a cruzar el bosque con semejante atuendo..., como para pasar desapercibida, vamos. Vamos. Ello ha hecho que psicólogos y psiquiatras (Bethelheim, Fromm...) no dejen de merodear también en torno a esta niña atrevida para hincarle, si no el diente, por lo menos el escalpelo.
Pero, como suele ocurrir con los cuentos tradicionales, la distancia entre el arquetipo popular y el estereotipo burgués siempre fue enorme, con lo que la cosa, lejos de aclararse, se complicó extraordinariamente. Llamaremos arquetipo al modelo básico perteneciente a la cultura oral, y estereotipo al modelo consagrado y expandido por la escritura, en dos versiones principales: la de Monsieur Perrault y la de los hermanos Grimm. A estos últimos la verdad es que se les coló esta niña traviesa en su colección alemana, sin darse cuenta de que no era tal cuento germánico, sino algo, una leyenda local, que una amiga francesa les contó. Así son las cosas. Y es necesario saber que, aunque intrusa, la Caperucita gala se adaptó a las exigencias de la burguesía alemana, que en modo alguno estaba dispuesta a tragarse que el lobo se tragara a la niña y a la abuela, sin más. Así que lo arreglaron todo para que al final fuera un hombre, un cazador que por allí pasaba, tijera en mano, el que resolviera la situación y sacara de la barriga del depravado a las dos, abuela y niña, tan pimpantes.
Nada de eso ocurre en el arquetipo popular, tal como lo sacó a la luz el folclorista francés Paul Delarue, de la tradición oral del centro de Francia, los Alpes y el Norte de Italia; sino que la niña, una vez que se percata de que quien está en la cama con ella es el mismísimo lobo, se las ingenia para escapar de él, ella solita, regresar a su casa y dejar la infame caperuza a los pies del depravado lecho.
Así es la vida. Polimorfa, confusa y difusa como un cuento infantil. Y así es como siguen apareciendo sin parar versiones y más versiones de esta historia. Como que hasta quien esto mismo suscribe ha sacado una, basada en aquella forma del auténtico arquetipo, y de la que más no les voy a hablar, naturalmente. Casi al mismo tiempo, la editorial Kalandraka ha sacado otra, salida de la mano traviesa de Gianni Rodari, Confundiendo historias, con la que esta editorial prácticamente se estrena en su delegación andaluza. En ella, Caperucita lucha denodadamente para que se respete el estereotipo de su historia, pero nada, no hay manera. Rodari lo echa todo a perder, lo confunde todo y todo lo trastoca, como si un rompecabezas cayera en manos de un loco. Por el estilo es también la versión de Carles Cano, Caperucita de colores, que ya va por 5.ª edición, en Bruño. Otro sesgo reciente es el que ha impreso Anaya, pero aquí por la vía de la ilustración, de la mano de Carmen Segovia -una de las más acreditadas de la nueva hornada- con una caperucita adolescente y meditativa, a la que en todo se le nota que está enfrentándose, ella sola, al misterio, terrible y maravilloso, de la vida. Que es de lo que se trata.
Juguemos con Caperucita © Antonio Rodríguez Almodóvar

lunes, 14 de abril de 2008

Caperucita, el más enigmático de los cuentos / Antonio Rodríguez Almodóvar

Caperucita, el más enigmático de los cuentos Antonio Rodríguez Almodóvar
Más de tres siglos después de su primera publicación, Caperucita roja continúa siendo el cuento más enigmático de todos los cuentos. Por dondequiera que se le mire, su deslumbrante anécdota apenas nos deja barruntar algo acerca de su verdadera significación, al tiempo que atrae todas las miradas. Etnógrafos, psicoanalistas, semiólogos, antropólogos, y de las más variadas tendencias, se disputan tan suculento manjar. Pero no llegarán a hincarle el diente por completo, pues esta ambigua niña, acosada por un lobo multívoco, volverá a escurrirse una y otra vez por entre los árboles de un verdadero bosque de símbolos. Acaso el de la civilización occidental.

Todo empezó cuando Charles Perrault, un académico de la lengua francesa e Inspector de Obras de Luis XIV, tuvo la ocurrencia de adaptar literariamente algunos cuentos de tradición oral, para divertimento de cortesanos. 1697. Pero entre los verdaderos cuentos ("Cenicienta", "Barbazul", "Piel de asno", "La bella durmiente", etc.), se coló "Caperucita", que era más bien una leyenda de miedo (lo que los alemanes llaman Schreckmärchen), destinada a prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos, y cuyo ámbito territorial no iba más allá de la región del Loira, la mitad norte de los Alpes y el Tirol; nada, en comparación con los auténticos cuentos folclóricos, que cubren todo el ámbito indoeuropeo y sus zonas de influencia, incluida la América poscolombina.

Sobre la marcha, al travieso racionalista se le ocurrieron algunos "arreglos". De la auténtica leyenda popular (muy bien estudiada por Paul Delarue en 1951) suprimió el lance en que el lobo, ya travestido de abuelita, invita a la niña a consumir carne y sangre, ésta a guisa de vino, pertenecientes a la pobre anciana, a la que acaba de descuartizar. No hay que asustarse. Los restos de canibalismo ritual flotan a la deriva en numerosos cuentos populares, como en el muy hispánico "Mariquilla, jura, jura"; aquél en que un difunto regresa a por el trozo de hígado que una familia acaba de cenarle, precisamente por la desobediencia de otra niña. Igualmente eliminó Perrault el desenlace en que nuestra heroína, al sospechar lo peor, engaña al lobo fingiendo una repentina necesidad de exonerar el vientre y escapa por la puerta. En su lugar prefirió el académico otra versión, también popular, en que simplemente el lobo devora a las dos mujeres. (Lo cruel era de mejor gusto que lo escatológico en los libertinos salones del Rey Sol.) Por último, pero no lo último, se sacó no se sabe de dónde la indumentaria colorada y el tarrito de manteca, de incalculables consecuencias.

En ningún caso hay final feliz, hasta que los hermanos Grimm, sintiendo sin duda una gran pena por suceso tan triste, tomaron en préstamo el episodio del cazador, de otro cuento, "El lobo y los siete cabritos", y se lo pegaron por detrás a nuestra historia, sin muchos miramientos. La cuestión era devolver a la vida a abuela y nieta, enteritas, desde la barriga del lobo, pese a haber sido devoradas. Hay que aclarar que "Caperucita" también se coló en la colección de los dos filólogos alemanes, quienes quisieron hacernos pasar por auténticamente germánica una narración que no era sino un nuevo arreglo sobre la que les contó una amiga de ascendencia francesa. (Pero eso le ocurre a cualquiera. A José Mª Guelbenzu le sucedió. Se le coló en una colección de cuentos españoles nada menos que "El gato con botas", que ya los hermanos Grimm quitaron de su antología a partir de la segunda edición, tras percatarse de que era otra leyenda exclusivamente francesa.) Pero sigamos.

Lo que nos interesa ahora destacar es que fue esa versión recompuesta una y otra vez la que conquistó el mundo, a partir de 1812, para desesperación de etnógrafos y folcloristas, y por alguna razón tan profunda como mal conocida. Necesario será ya acudir a la opinión de otros expertos: los psicólogos y los psicoanalistas. Dos en particular: Bruno Bettelheim y Erich Fromm. Tomando como base el consabido conflicto freudiano entre el principio del deber (acudir en socorro de la pobre abuelita) y el principio del placer (entretenerse por el bosque cogiendo florecillas y charlando con desconocidos), uno y otro llegan a diferentes conclusiones, o quizás sean complementarias. Para el primero, Caperucita, una vez superada la fijación oral (representada por Hänsel y Gretel), encarna el problema de un complejo de Edipo mal resuelto, que retorna en la pubertad, y que la arroja inconscientemente a la posibilidad de ser seducida. Ni que decir tiene que el lobo es la figura de todo hombre, padre incluido. Para el neoyorquino, la caperuza roja y el tarrito de manteca no otra cosa pueden ser que la primera menstruación y la virginidad, respectivamente. Por uno u otro lado rondan los peligros de un sexo prematuro, en el que no son inocentes ni la madre ni la abuela, quienes al empujar y reclamar a la niña por un camino tan peligroso, en realidad la están induciendo a desviarse. ¿Creeremos por esto que Caperucita es inocente? En absoluto. También ella está deseando perder de vista a las dos. Con notable gracejo, escribe Bettelheim: "Sólo los adultos, que están convencidos de que los cuentos son absurdos, pueden dejar de ver que el inconsciente de Caperucita está haciendo hora extras para librarse de la abuela".

De las ansiedades edípicas y los sentimientos ambivalentes hemos de enlazar con los antropólogos, en este caso Vladimir Propp. El gran formalista ruso no se conformó con descubrir la relojería interna de los cuentos de hadas, sino que nos aportó valiosas noticias sobre ritos arcaicos, muchas veces explicativos del trasfondo que hay en los cuentos, así como del contacto sorprendente que por el lado oscuro cabe detectar entre inconsciente individual e inconsciente colectivo, sueños recurrentes y cuentos populares. Verbigracia: muchos neuróticos refieren sueños de canibalismo, que equivalen a incesto. (¿Van encajando las piezas?) En nuestro caso, la perla es un rito de iniciación, todavía vigente en Nueva Guinea y en algunos puntos de la América primitiva: al iniciado se le hace entrar en una cabaña, que tiene forma de algún animal salvaje, y volver a salir, como si fuese engullido y regurgitado por la fiera.

Misteriosas galerías del alma humana. Por la razón que sea, o por todas juntas, Caperucita sigue desconcertando a los estudiosos y, eso sí, cautivando a los niños, que son los únicos que de verdad poseen su secreto. Como poseen el de todos los demás cuentos populares, que renuevan una y otra vez su extraño, y al parecer imprescindible, mensaje terapéutico y civilizador. Lástima que cuando aquéllos pudieran revelárnoslo, ya dejan de ser niños.

Antonio Rodríguez Almodóvar nació en Alcalá de Guadaira, España, en 1941. En su juventud, combinó estudios Filosofía y Náutica. Catedrático de literatura española en la Universidad de Sevilla. Es autor de numerosas monografías, ensayos y artículos. En 1983, dio a conocer su antología Cuentos al amor de la lumbre, recopilación de narraciones españolas de origen popular.
Nota: Articulo extraido de la revista Cuatrogatos, nº 3, julio-setiembre 2000.